lunes 11 de mayo de 2009

QUEDAR EN LO CANTADO


Ya salió la antología de poesía contemporánea de Argentina y República Dominicana, QUEDAR EN LO CANTADO, con poemas de Acosta, Adames, Alemian, Báez, Batista, Behrend, Belliard, Bianco, Callero, Colagiovanni, Chahín, de Jesús, Esses, di Nápoli, Galindo, Pérez Arango y Katchadjian, entre otros. Se consigue en PROMETEO.
www.elfindelanoche.com.ar

“En una época de incertidumbre, borrar signos de interrogación sobre la poética de dos países representa un signo de confianza. Conforman esta topografía arbitraria, hecha para cruzar una frontera hasta el momento inexplorada, 14 poetas argentinos y 15 poetas dominicanos: José Acosta, Julio Adames, Ezequiel Alemian, Frank Báez, León Félix Batista, Jacqui Behrend, Basilio Belliard, Lucía Bianco, Fernando Callero, Vanina Colagiovanni, Plinio Chahín, Dionisio de Jesús, Cristian De Nápoli, Carolina Esses, Marcelo Galindo, Angela Hernández, Adrián Javier, Pablo Katchadjian, Verónica Pérez Arango, Santiago Pintabona, Sol Prieto, Agustín Privitera, José Mármol, Frank Martínez, Amable Mejía, Andi Nachon, Homero Pumarol, Martha Rivera y Médar Serrata.

De todos modos, podemos decir que más allá de la unión que fabrica nuestro idioma, un poeta de República Dominicana como otro de Argentina movilizan hacia nueva experiencias de percepción. Confirman, en definitiva, que escribir y leer son operaciones que involucran lo emotivo y la desobediencia a las lecturas canonizadas. En tal sentido, dar de leer es construir un lector insubordinado, que participe y cuestione lo dado. Quedará para ese lector, entonces, el vínculo que trace con otras lecturas que produzcan cruces inesperados (entre los poetas dominicanos, entre los poetas argentinos, entre ambos). En todo caso, que esta antología sea un mojón en el camino para mirarnos como sujetos sociales en un tejido cultural, histórico, político, económico y geográfico”.

Florencia Castellano

lunes 29 de septiembre de 2008

PAISAJES NOCTURNOS

Sueño en un micro

El sol de las once de la mañana pegaba fuertemente sobre la ventanilla del micro. Del otro lado del cristal estaba yo, con el asiento reclinado, intentando dormir con el calor y la luz que hasta ese momento eran agradables sobre mi cara.
Cerré los ojos y disfrutando de eso me fui yendo.
Tenía una reunión con Mónica y Jorge para hacer una nueva obra. Ellos habían pedido que lleváramos a la entrevista un cuestionario completo, que nos habían pasado por mail, de cuatro o cinco páginas.
Llevaba estas hojas en mi morral de cuero rojo pero había olvidado contestar las preguntas. Por suerte tenia una birome y tiempo de hacerlo antes de entrar a la reunión.
Era en la calle Juncal, del otro lado de una plaza y el colectivo 141 en el que iba me dejaba a unas cuantas cuadras. Me bajé con la “Guía T” en la mano, buscando la dirección y las calles por las cuales tenía que caminar para llegar. Había un sol radiante y hacía mucho calor. Las veredas eran blancas y hacían que la luz rebotara y fuera a dar con fuerza a mis ojos. Casi sin darme cuenta me empecé a quedar ciega. Me dolían los ojos y trataba de mantenerlos entrecerrados para aunque sea ver algo. Pero era imposible, la luz me cegaba y al mismo tiempo no podía dejar de caminar, tenía que llegar a la reunión. En ese momento me acordé del cuestionario. Lo saqué del morral de cuero rojo y a tientas, me senté en el escalón de entrada de un edificio de mármol que increíblemente hacía más fuerte el reflejo de la luz en mis ojos. A esta altura ya no me importaba nada, tenía que completar el cuestionario cueste lo que cueste. Saqué la birome y quería, pero no llegaba a leer las preguntas. Veía 1)… y luego tenía que cerrar los ojos de tanto que me dolían. Escuché voces y me di cuenta que del edificio salía una mujer. Ella se puso a hablar con el guardia de seguridad que estaba cerca de mí, sobre las próximas elecciones; rápidamente reconocí su voz, ¡era Susana Giménez! Decía algo así como que debían ponerse de acuerdo con el voto para que esto no los perjudique con el programa. Yo giré la cabeza y haciendo fuerza puede verlos apenas y sin entender nada, me paré. Ellos me miraron, recogí mis cosas como pude e intenté caminar sin saber adónde ir.


Denise Cobello

27 de Septiembre de 2008

jueves 18 de septiembre de 2008

ÉPOCA DE PODA


Desde hacía meses, al estar en el último peldaño de la escalera sentía un vacío en el estómago que lentamente le subía a la cabeza y hacía que todo empezara a darle vueltas. El mareo podía durarle todo el día, entonces, para evitarlo, había decidido que cada vez que le tocara podar la enamorada del muro, iba a quedarse parado no más arriba del séptimo escalón, un metro y medio más o menos antes de llegar a la parte donde están las bisagras, y desde allí iba a estirarse todo lo que sus setenta y tres años se lo permitieran, con las tijeras de podar antiguas y oxidadas, hasta la parte más alta y frondosa de la planta trepadora. Cortaba ramas y hojas formando una línea recta; a medida que las partes ya inútiles y sobrantes, caían al pasto, la medianera se hacía notar y se extendía, enorme y blanca, hacia el cielo.
Don Héctor repasaba la lista mentalmente: fumigar los rosales de los canteros, trasplantar el laurel a la zona más soleada del jardín, desmalezar debajo de los arbustos de flores blancas, cortar la retama, regar el pasto y los variados helechos y sobre todo, las manchas negras de tierra que cubren las semillas del gomero. Apartada de las listas donde ninguna instrucción se destaca, la enamorda del muro ocupaba para don Héctor un lugar de privilegio por la dificultad que acarreaba la poda y los recaudos que había que tomar para treparse a la escalera. Estando allí arriba, pensaba que la aventura de encontrarse en las alturas le quitaba algunos años.
¿Qué puedo esperar de vos? Ya no puedo esperar nada…, si me muriera mañana ni te darías cuenta. La voz de mujer le llegó clara hasta ahí arriba. La dueña de casa pasó, por fin, caminando mientras sostenía el teléfono entre la oreja y el hombro. El ruedo del deshabillé de raso iba acariciando el pasto todavía húmedo por el rocío de la mañana y las gotas se expandían como pequeñas nubes grises sobre la tela. Don Héctor la miró como siempre, de reojo: la espalda ligeramente encorvada; el porte cargado y robusto; la tintura platinada que descubría las raíces grisáceas. Don Héctor vio que ella giraba el cuerpo hacia donde estaba él. Entonces, puso cara de concentración y encajó la tijera entre dos ramas gruesas. Tan cerca estaba su cara de la planta trepadora que las hojas se volvieron gigantescas, como pasa con las cosas proyectadas en la pantalla del cine. Las ramas gruesas son las más difíciles, pensó.
Nada… nada… no tengo ganas… No, no quiero, no me interesa, nada más quiero que la dejes y que vuelvas. Por favor, volvé, volvé, volvé, te prometo que no va a volver a pasar... Desde ahí podía ver cómo la frente de la mujer se arrugaba mientras los orificios nasales se ensanchaban y los ojos se le llenaban de lágrimas. Su mano derecha apretaba fuertemente el teléfono; con la izquierda hacía un bollo con el lazo del salto de cama y después le clavaba las uñas, púrpuras como las magnolias de los macetones del fondo. La palidez de la mujer había desaparecido: el rubor rojizo de su cara iba virando al violáceo; los labios, deformados por el temblor del llanto, se abrían al tamaño de la súplica. ¡Sos un hijo de puta, eso es lo que sos! Cómo pude, cómo pude… Me lo prometiste, Ricardo, acordate todo lo que me dijiste. Yo ya no te importo ¿no? Decímelo, animate a decirme a la cara que ya no te gusto, que ya no te muevo un pelo, que te parezco vieja y poco atractiva. ¡Sos un desgraciado hijo de puta! Me voy a matar por tu culpa, me voy a cortar las venas ¿entendés? No puedo más… no puedo más vivir así… Don Héctor veía cómo ella restregaba con fuerza los pies, enfundados en unas chinelas de piel, contra la tierra mojada, las manchas de barro subían poco a poco por sus piernas. Él pensó que ella podía resfriarse así, a la intemperie, y que lo mejor era que él le diera un pañuelo para sonarse la nariz.
Don Héctor sintió un intenso ardor en la muñeca: la punta de una rama le había atravesado la manga de rayón y ahora lo pinchaba como señalándole su falta de decoro. ¿Cómo iba a importarle a él lo que le pasaba a la señora? Se arremangó. Los puntitos de sangre, uno al lado del otro, formaban una hilera perfecta, un delicado dibujo, tibio y dulzón, que marcaba una especie de frontera entre la mano y el brazo. Se chupó la herida y siguió trabajando.

viernes 12 de septiembre de 2008

PAISAJES NOCTURNOS


Maternidad


Hay sueños que no se recuerdan y como no se recuerdan, no existen. Hay otros sueños que se recuerdan solamente durante unos minutos después de despertar; después se van. Otros sueños quedan indelebles en la memoria toda la vida. Esos son los sueños que arman nuestros paisajes nocturnos.
Hace ya una semana atrás tuve un sueño de esos imborrables. Soñé que era madre primeriza y que el bebé estaba en mis brazos, yo lo besaba, arrullaba y abrazaba mucho. Era una buena madre. Solamente veía su cara pequeña. El bebé era gris como un delfín porque era recién nacido. Repentinamente y sin previo aviso, la criatura se convierte en un monstruo. Yo grito de terror. No puedo despertarme.

jueves 11 de septiembre de 2008

LECTURAS



El juguete rabioso de Roberto Arlt


La primera novela de Arlt, El juguete rabioso, profundiza el carácter de la novelística urbana en Argentina. Con ella, queda atrás la serie de la gauchesca con sus personajes y vivencias camperas; y el viaje alternado al campo y la ciudad, que está presente en personajes de escritores naturalistas como Cambaceres, se diluye.
En 1926, con la publicación de la novela de Arlt, los lectores se encuentran con el adolescente Silvio Astier, quien transita únicamente por la ciudad, porque en El juguete rabioso no hay otro espacio alternativo donde ir o escapar: la modernidad aparece con toda su contundencia en la figura novedosa y omnipresente de la urbe, que seduce pero también sofoca.
El jueguete rabioso pone entonces en escena precisamente el cambio que la modernidad genera en Buenos Aires en la década del ’20: el papel de las primeras tecnologías; la aparición de nuevos sujetos sociales -mendigos, ladrones, inmigrantes, travestis, buscavidas-; la circulación del dinero; el mundo del trabajo; el rumor de los dialectos; la tensión entre clases; el crimen; la policía son todas variables que entran en relación con el sentimiento urbano por excelencia: el anonimato. Esto es: la abundancia, la multiplicación de objetos y de sujetos dentro de la ciudad provoca al mismo tiempo una suerte de contradicción, la enorme sensación de estar solo, de ser invisible, entre la multitud.
Esa cuestión, la de la soledad, en Arlt cobra una importancia crucial al ser él quien se atreve inicialmente a reflejar la realidad de los suburbios porteños. Como lectores, ya sea que leamos las peripecias de Astier por primera o quinta vez, no podemos ser indiferentes a los olores, la suciedad y el maltrato que siente el protagonista. Como lectores, nos llega a través de las páginas, la violencia de un espacio en crecimiento diseñado para aumentar las diferencias sociales y el resentimiento. Todavía hoy, a poco más de ochenta años de su publicación, la lectura de este libro nos sigue inquietando porque desnuda sin velamientos, directa y brutalmente, la hipocresía de una sociedad, su corrupción y falsedad. De esta manera, la novela nos despierta una pregunta: ¿Cómo sobrevivir dentro del sistema?
Astier pone en escena múltiples respuestas, debatiéndose a lo largo de todo el texto entre dos lugares: la integración social (nombrada como “regeneración”), que es posible gracias a la santísima trinidad “ley-trabajo-familia”, y la marginación (nombrada como “degeneración”), que encabeza el combo “delito-suicidio-delación”. El personaje está incómodo en uno y otro lado; no encuentra nunca su lugar de pertenencia en la realidad externa; todo contribuye a abonar su odio. Sin embargo, tiene un refugio poderoso: la imaginación que representa el mundo del sueño, la literatura y la fantasía.

sábado 5 de julio de 2008

SALIDA AL MAR. QUINTA EDICION.

Festival Latinoamericano de Poesía
QUINTA EDICIÓN 2008 BUENOS AIRES | ROSARIO



LECTURAS | CHARLAS | FERIA DE PUBLICACIONES
Entrada libre y gratuita

15 | 16 DE JULIO DESDE LAS 18 HS
CC RICARDO ROJAS
(SALA BATATO) CORRIENTES 2038
17 DE JULIO 19 HS
CC DEL OTRO LADO
CASEROS 3033 (PARQUE PATRICIOS)
18 DE JULIO 18 HS
CC PACO URONDO
25 DE MAYO 217 (Centro)
19 | 20 DE JULIO 18 HS
CC PARQUE DE ESPAÑA - ROSARIO




EN BS AS: [URUGUAY] ROBERTO APPRATTO [PARAGUAY] MONTSERRAT ÁLVAREZ [COLOMBIA] ANDREA COTE BOTERO [CHILE] MALÚ URRIOLA PABLO PAREDES ERNESTO GONZÁLEZ BARNERT [BRASIL] CARLITO AZEVEDO MARÍLIA GARCÍA
[ARGENTINA] DARÍO CANTÓN TAMARA KAMENSZAIN ALICIA GENOVESE FERNANDO NOY LILIANA GARCÍA HORACIO FIEBELKORN SILVANA FRANZETTI BÁRBARA BELLOC STELLA MARIS PONCE Concordia VERÓNICA VIOLA FISHER LAURA CRESPI MANUEL ALEMIÁN FERNANDO CALLERO Sta Fe HERNÁN LUCAS WASHINGTON CUCURTO CAROLINA ESSES JOSÉ LUJÁN ALFREDO JARAMILLO AGUSTÍN PRIVITERA Córdoba PAULA SORUCO Jujuy GERARDO JORGE NOELÍA VERA
ORGANIZAN CRISTIAN DE NÁPOLI | FLORENCIA CASTELLANO
EN ROSARIO: COORDINA Y AUSPICIA EL CC PARQUE DE ESPAÑA / AECID
(INVITADOS DEL TRAMO ROSARIO EN: WWW.CCPE.ORG.AR)
QUINTA EDICIÓN | ACTIVIDADES EN BUENOS AIRES



SALIDA AL MAR es un festival de poesía organizado por poetas y editores, abierto a todo el público y de ingreso gratuito. Los eventos incluyen lecturas en escenario, charlas y una feria de publicaciones con material de distintas editoriales y revistas de poesía del continente.
Desde 2004 el festival reúne cada año a poetas de distintos puntos de América Latina y el país en un conjunto que incluye propuestas emergentes y otras ya consolidadas en años o décadas.
A través de lecturas en espacios grandes y accesibles para todos, el festival se propone recomponer el valor público de la poesía. Por medio de las charlas o debates y la feria de publicaciones, buscamos alentar la difusión de las distintas poéticas, pensarlas en relación con diferentes contextos y apoyar a las pequeñas editoriales que las ponen en circulación. El festival se suma así al esfuerzo que en el país vienen realizando editores de libros y revistas de poesía, distribuidores, poetas libreros y coordinadores de ciclos de lectura.
Desde 2007 el festival se realiza también en la ciudad de Rosario, donde es coordinado y auspiciado por el Centro Cultural Parque de España / AECID. SALIDA AL MAR / Buenos Aires es autogestionado, no maneja presupuesto, cuenta con apoyo de las instituciones-sede del festival en lo relativo a soporte técnico y humano. El traslado a Argentina de algunos invitados es gentilmente cubierto por instituciones en las que esos invitados trabajan (universidades, etc.) o bien por la gestión de SALIDA AL MAR / Rosario; en otros casos, la organización hace una compra anticipada de libros al invitado por un monto aproximado al costo de traslado y los mismos libros se ponen a la venta en la feria de publicaciones. La continuidad del festival depende en buena medida del apoyo de los asistentes a través de la compra de uno o más libros.

miércoles 25 de junio de 2008

LECTURAS




"La madre de Ernesto" de Abelardo Castillo


El escritor argentino Abelardo Castillo juega con el morbo del lector en “La madre de Ernesto”,un cuento del libro Las otras puertas (Seix Barral). Como si conociera con exactitud hacia dónde va nuestra frondosa imaginación cuando leemos la historia de tres amigos adolescentes que idean su debut sexual con la madre de un cuarto amigo (ausente en el relato). El conocido tópico de la “iniciación” trabajado hasta el hartazgo por la literatura, se vuelve aquí original con la introducción del personaje de la prostituta encarnado en una madre, la de Ernesto, con la que los amigos fantaseaban ya desde pequeños ( “ (…) todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y el escote, al agacharse, se le separó del cuerpo”). Aparece en neón un binomio cuasi imposible ~la madre / puta~ que empieza a titilar desde el comienzo y recorre todo el cuento, generando una tensión que se disipa recién con la última frase “Cerrándose el deshabillé lo dijo”.

Con esa última frase que tira por la borda nuestra expectativa como lectores (la de que los tres amigos se iban a acostar con la madre de Ernesto), el autor pareciera hacernos burla, pareciera decirnos desde lejos: “Te atrapé, lector ingenuo”. Dicho de otro modo: Castillo construye el cuento de tal forma que tiende una red invisible para que caigamos, presos de nuestra propia imaginación.

Sin embargo, al mismo tiempo que el autor teje la trampa, también siembra el camino de la lectura con pistas indispensables que nos sirven para descubrir el final. Todo relato bien construido contiene en sí mismo los signos, velados y escondidos, para anticipar el fin. ¿Será que todos los géneros y subgéneros literarios desembocan en realidad en la orilla de un gran policial donde los lectores somos todos detectives advenedizos, nadando en las aguas de la interpretación?

A partir de la lectura de esas pistas de las que hablamos, anticipamos la última línea del cuento. Esta operación reside en la gran premisa decimonónica de Poe, la cual rezaba que los buenos relatos contienen su final en el comienzo. En Castillo, esto se ve a las claras, entre otros signos, en la elección del título “La madre de Ernesto” que pone por delante la figura de la madre antes que la de prostituta. Si el cuento se hubiese llamado “La prostituta” o “La puta del Alabama”, diríamos otra cosa porque la historia hubiese sido diferente. El título, certero, se alinea con el deshabillé translúcido que se cierra y oculta la desnudez “morena y amplia” de la mujer. Cuando se cierra el deshabillé, se cierra el cuento. Ya no hay más historia porque la mujer pasa a ser madre en vez de puta, y es en la existencia de esta última, en la especulación y posiblidad de acostarse con la madre prostituta de Ernesto, que avanza el relato. Una vez concluída esta posibilidad, el relato termina.

Podemos entonces sumar a la idea de Poe, el concepto de lectura en dos direcciones: un camino de lectura de ida, y un camino de lectura de vuelta. El primero es el recorrido que como receptores hacemos en una primera lectura, la de ida: el camino de la ingenuidad, practicado por un lector dócil que decide dejarse llevar por el texto que tiene ante sí y es envuelto por éste. El segundo camino es el de la reelectura, el sendero tupido que recorremos cuando volvemos a un texto, munidos de inteligencia y nuestra historia de lecturas para descubrir cómo está construido ese texto que nos supo atrapar.

LECTURAS

Poe y Cortázar

Al leer Algunos aspectos del cuento, una conferencia que Julio Cortázar pronuncia en Cuba en 1963, enseguida, y a causa de las similitudes y divergencias entre los tres escritos, podemos remitirnos a Hawthorne y Método de composición de E. A. Poe, donde los elementos del cuento y el valor de un texto literario (narrativo o lírico) también son analizados. Ambos autores resaltan las características estructurales e invariables de toda gran composición pero Poe, desplegando un razonamiento y lucidez implacables, va a ser mucho más preciso que Cortázar, quien en su desplazamiento permanente hacia la metáfora y la analogía, bien deja traslucir la dificultad existente para establecer las leyes del género. La claridad y contundencia casi científicas del norteamericano contrastan con la imprecisión teórica y dispersión del argentino. Tomemos unos ejemplos presentes en la conferencia: a cuentista, Cortázar equivale “médium”, “fotógrafo” y “boxeador”; a tema, “imán”, “aura” y sol; a cuento, “foto”, “semilla” y “átomo”. En otras palabras: estas definiciones que igualan el objeto literario a objetos de otro orden (muchas veces metafísicos), no hacen más que demostrar que la fijación rigurosamente teórica de un género se escapa en el intento de atrapar su significado.
Los textos de Poe que mencionamos le dan al lector un lugar de suma importancia. Poe habla del “efecto” que toda gran composición (ya sea un poema o un relato) debe generar en el receptor: el asombro y la tranquilidad de haber leído un pensamiento novedoso pero conocido a la vez que provoca la aparición de “un lazo” entre el autor y el lector. Cortázar retoma esta idea cuando dice que los “temas significativos” de un cuento son “aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que su mera anécdota” y que producen una “fascinación irresistible” en el autor y, luego por contagio, en la sensibilidad del lector.
La idea de límite es, según estos dos escritores, estructural al género cuento . No mucho más de dos horas de una lectura de corrido atentarían, según Poe, contra la buscada impresión del receptor, a quien el autor, de antemano y mediante el equilibrio, quiere generarle una “excitación efímera”. Es por eso que Cortázar suma a esta concepción la noción de profundidad: el cuentista debe trabajar “en profundidad” (a diferencia de la novela que trabaja con la acumulación progresiva), hacia adentro, de manera económica, para provocar lo que él llama (haciendo eco con el “cross a la mandíbula” de Roberto Arlt), el “efecto de knock out”.
Un aspecto en el que Poe insiste pero Cortázar no, es la cuestión de la predestinación del final, o sea: la existencia del fin del relato (o del poema) en el comienzo de la historia, como si todo estuviera ya dicho, aunque cifrado, en las primeras líneas. El precepto de que un cuento y un poema empiezan a escribirse por el final, atraviesa los dos ensayos de Poe. Esta actitud anticipatoria se condice con su mirada planificadora y matemática, a diferencia del cuentista argentino que afirma que muchos de sus escritos surgieron “al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium”. Un médium, un intermediario dócil entre la realidad y la “cotidianeidad estallada”.